“Lo pedís, lo tenés” rezaba una leyenda de publicidad. El tema es que cuando las cosas son forzadas, el resultado suele no ser el esperado; cuando lo planteado no es lo practicado, el fin casi siempre es distinto al pensado. Eso le pasó a Boca en los últimos dos partidos. Desobedeció lo tácticamente amado por el entrenador, cambió los roles de atacado por atacante y le fue mal. El virtuosismo que desde la platea, medios y riquelmistas pedían se notó a la legua pero la teoría de la manta corta surtió efecto en la Bombonera. Muchas llegadas de gol con la triste certeza de que entraron más de los que hicieron entrar; Boca hizo cinco en dos partidos, algo innovador para los equipos del cuidadoso Falcioni, pero en esos mismos cotejos le hicieron siete, algo más que innovador para el defensivo Falcioni.

Se veía venir, desde las discusiones dialécticas de los ofensivos y conservadores boquenses había un medio participante que se llamaba (y llama) Julio César Falcioni, técnico campeón con Banfield y también, con Boca, con su libreto conservador pero campeón al fin. En las entrañas de los romanticistas, incluido el mismísimo Román, se encargaron de manifestar que Boca no jugaba bien los partidos, que era un justo ganador pero que ese mérito le faltaba brillo; así los cortocircuitos entre el 10 y el DT no tardaron en llegar. Es probable que si critican el trabajo de uno, este reaccione de una manera poco amistosa, y más aún si quien te critica lo hace públicamente. No obstante, JC no hizo más que callar y seguir o tapar y continuar y en este conocido caso, cambiar y perder.
Los xeneizes que pregonan el fútbol didáctico, el barcelonista están más allá de lo que propuso Boca en el último torneo. Es entendible el razonamiento. Unos son Mourinhistas, otros Guardiolistas o por qué no Bielsistas. Ahora bien, con técnicos ofensivos como Basile, Alves y Borghi los de la Rivera no supieron encontrar el rumbo y perdieron cuanto partido se les presentó. Llegó Falcioni y lo primero que se le ocurrió fue cambiar el arquero y la defensa. Primer hincapié en postura anti-ofensiva. Llegaron Orion, Schiavi, Somoza y Rivero como para tratar de tapar aquellos huecos que los García, Caruzzo, Battaglia y Méndez no saldaban. Después sí, los Erviti, Clemente y Cvitanich le dieron el punto de equilibrio justo al Boca moldeado para campeonar. Un equipazo decían desde afuera, pero claro, en la primera fecha le entraron cuatro de los mendocinos de Godoy Cruz. Por aquel entonces, todavía se vivía la època del juego vistoso, sin efecitividad en el resultado.
Después de eso, empezó a poner mano el técnico. Un par de modificaciones hicieron que Boca se torne un equipo impasable defensivamente y capaz de ganar los partidos por la mínima diferencia. Sumó puntos y se escapó, sumó victorias y más se alejó de aquel pensamiento virtuoso que nunca estuvo en los planes de Julio César. Que importaba si hasta los románticos festejaron el Boca campeón.
Sin embargo, había uno que también festejaba pero en lo más recóndito de su ser estallaba. El más importante de todos, el capitán y emblema, trataba a diestra y siniestra de cambiar el modelo defensivo ganador a ofensivo ganador. Los medios y ahora sí, con la Copa Libertadores como tesoro preciado, los románticos emprendieron el plan que dejó a Boca siendo partícipe de los encuentros, manejando la pelota, marcando la pausa y los avances del rival pero con la dura realidad de que en los únicos dos partidos que se intentó, se perdió.
Incluso con un Riquelme brillante, que puso cuanta pelota de gol se le pasó por los pies, que llegó al gol, que deslumbró como en aquella Libertadores 2007, Boca no pudo contra los contragolpes de Fluminense y los goles de Farías. Los xeneizes hicieron bien la mitad de las partes: atacaron como Barcelona pero defendieron como el Acassuso. Lograron goles pero en dos partidos le hicieron más que en todo el torneo pasado. A Boca le jugaron como Boca lo solía hacer; Fluminense practicó el mismo libro de Falcioni y como a Falcioni, le resultó. Independiente supo ganarlo con pelotas paradas y dando en la “tecla” justa. Si se habla de pelota parada, se habla de Julio Falcioni. He aquí el error táctico a mejorar del DT.
Le quedan partidos importantes por Copa y torneo. La pregunta a responder es la siguiente: ¿quién gana en el duelo dialéctico, los de juego ofensivo sin resultados o los defensivos con la efectividad necesaria? O se podría interrogar a Nicolás Maquiavelo cuando dice que “El fin justifica los medios”, ¿No importa ganar jugando de visitante todos los partidos, es lo mismo o mejor jugar bien para ganar a costas de desproteger lo propio? Preguntas a responder en los próximos encuentros de este Boca cambiante.

Pablo Ezequiel Mosquera

Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP

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El ser humano se caracteriza, entre otras cosas, por su inmenso egoísmo. La idea de que todo plan se capitalice en el mejoramiento propio de la actualidad o bien la extensión de sus pertenencias hacen que viva de acuerdo a intereses que poco tienen que ver con el trabajo de lograr un mundo mejor, del concepto esencial de servicio.

Muchos optan recibir más y más por eso encaran proyectos que los fortalezca económicamente. Para ello, desatan toda su capacidad analítica, describen, comparan apuestan y por qué no, también, esclavizan. No obstante, el método para obtener la felicidad particular puede ser variado y de esta manera, cada quien puede y tiene la libertad de optar sus formas, lo que no significa que la elección sea moralmente correcta, sólo hablando estrictamente con los parámetros morales, que para algunos parece cuento chino.

La ley de la vida es, a simple vista, una suerte de actitud violenta para determinar quién puede llegar a tener más que el otro para engrandecer el reino, perdiendo de foco lo que al otro le pueda llegar a costar. No se habla de términos de salud, tampoco de dinero, simplemente en sentido general, para que se entienda.

No importa el precio, aunque si vale menos mucho mejor. Así y con este precepto, el capitalismo (o el ser humano muchas veces) comienza a delinear su aparato bélico, en el cuál si la guerra es contra el de mi costado, a quien hay que pisar, para poder obtener su botín necesitaré de obreros que se comporten de acuerdo a mis ideales. ¿Los hay, los habrá? La respuesta es un contundente SI; malamente aquella ley de la vida mencionada hace algunas líneas, ya se había encargado de pensar en la distancia de clases entre los que pueden hacer, los que quieren hacer, los que no quieren pero deben, los que no pueden y los que obligan por algún premio, si premio es la palabra indicada.

El grande, en la mayoría de los casos, se come al pequeño. En la historia de la humanidad debieron y existieron, afortunadamente (permítanme el concepto a pesar de quién les escribe no crea hablar de cuestiones fortuitas) excepciones a la regla; una de ellas, David-Goliat, pero con suma seguridad está claro que las mayorías casi siempre se dotan para doblegar a las minorías, que más que ideas no tienen. Quien cuenta con más apoyo es el que a la postre gobernará las acciones del otro, sin importar el parecer ni el dolor causante. El resultado deja entrever que la igualdad, en este sentido, se va por la ventana.

El mote de servicio hace alusión a poner en práctica actividades que busquen responder a las necesidades del otro. Si se parte desde esta premisa, existirán pocas precisiones que justifiquen el complejo modelo que hace al egoísmo; así, se agotan las chances de que quien trabaja lo hace por un sueldo, más allá de entender que por lo que haga le paguen y bienvenido sea. El trabajo debiera ser, en primera y más importante instancia, una forma de servicio en el cuál se trate de la mejor manera posible de resolver la problemática que mi par tiene, no por la paga que se obtendrá por ello. Sin embargo, es sabido que resulta utópico realizar una forma de vida en la que el servicio al prójimo, el amor por el otro, la realización de ver la satisfacción en la sonrisa ajena sea más que un papel, o cualquiera sea la remuneración. Como dice el genial Fito Páez: “es sólo una cuestión de actitud”.

Cumplimos para no desagradar, nos apuramos para seguir manteniendo las distancias, lo que hacemos lo hacemos porque el fin de aquello me traerá un recompensa, que en pocos casos suele ser agradar al que menos tiene. El egoísmo, el orgullo, el enaltecimiento, la vanagloria y vaya a saber qué otras buenos valores y bondades más suelen promover lo que el mundo es hoy.

El objeto primordial suele completarse en la construcción de una torre que llegue al cielo para poder estar lo más alto posible; lo que no nos damos cuenta es que el imperio puede caer si los clientes que antes teníamos opten por otros servicios, o quizás porque el cuerpo de los obreros que trabajan en la obra se cansen (imposible, son eternas máquinas) o lo que es peor, hablen un idioma distinto. Las diferencias se notan día a día, las distancias se alargan haciendo del servicio una algo meramente propio que nos obliga a pensar primero en el galardón que en la actitud de asistencia. Además, pensándolo bien, en el más alejado de los finales que la corona sea el placer que causa hacer el bien en el otro, en el que lo necesita es menos prestigiosa que bueno, ese laurel que usted está pensando en este momento.

Están aquellos que aún piensan que mejor es dar que recibir; para éstos las líneas leídas no cuentan; y están los otros, que por una u otra cosa y sin ánimo de críticas, pelean por ser mejores que los primeros. Para éstos últimos, tampoco son las líneas porque seguro al terminar de leer ya habrán llegado a la meta del servicio.

Pablo Ezequiel Mosquera

Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP

¿Por qué y para qué están los operadores telefónicos?. La realidad es que en el 99.9% de las veces no ofrecen la respuesta esperada por el cliente, no sólo no aportan la solución al correspondiente problema sino que con su voz parsimoniosa logran sacar de las casillas hasta al hombre con mayor templanza y paciencia de este mundo.

Primeramente, no entiendo por qué tratan a uno como señor; creerán que quien les habla es su amo o dueño, o vaya a saber qué cosa les pasa por las cabezas para denominar a tal como “Señor”. Seguida la conversación, nos preguntan: ¿cuál es la inquietud por la cual está llamando? Uno, mansamente trata de explicar con palabras adecuadas, alejando toda la ira contenida a causa del servicio impresentable de la mayoría de las empresas (por no decir todas) que tienen atención telefónica “personal” como para no herir la susceptibilidad ni sentimientos del receptor pero después de haber dado aproximadamente cinco minutos de monólogo explicando el problema se encuentra uno con una nueva pregunta que no hace más que ponerlo más nervioso.

“Señor, ¿me podría dar su número de cliente?” En ese momento aparecen muchos pensamientos que nada tienen que ver con cuestiones morales, éticas, de buenos valores y demás. Por qué es la pregunta; porque tras haber aprendido y adoptado el don de la humildad, y ésta desplegado en el micrófono del celular con suma cautela para luego dar su benditas cifras identificadoras, el receptor de su llamado le puede llegar a reiterar el siguiente interrogante: “Si, señor, ¿sería tan amable de volver a decirme cuál es su consulta? Por lo que el monólogo debe repetirse.

Ya en ese instante, poca es la paciencia que mantiene el emisor; no obstante, escucha atentamente la inútil solución que puede prestar nuestro querido compañero telefónico por la simple desfachatez de que en algún momento de la vida, en cualquier aspecto, hasta el más remoto, uno tiene esperanzas de que las cosas puedan resolverse de forma afirmativa pero es sólo eso, una esperanza.

Ahí es cuando comienza a sonar una musiquita proveniente de las arcas infernales, que genera el mayor de los desprecios; y no se habla de un género musical en particular sino que la espera de por sí es molesta, a eso hay que sumarle la bronca acumulada por la falta de servicio y por si fuera poco, la perturbación infinita que genera el hecho de saber que en cualquier segundo el teléfono empieza a dar cierto sonido parecido al “tututututututu” que ilustraría de algún modo que la comunicación viajó al último de los lugares clandestinos del planeta Tierra para nunca más volver, y que significaría, en el peor de los casos, tener que volver a llamar para contar el cuento una vez más. Pero no pensemos en esa mala experiencia, seamos positivos.

Tras el cese de la melodía de las cavernas, vuelve la voz, se hace audible el sonido vocal de una persona ya conocida por nosotros que pronuncia una reluciente frase: “Muchas gracias por aguardar, señor (otra vez lo tratan a uno como su amo). Estuvimos corroborando sus movimientos y bla bla bla. Aquí surge otro interrogante, ¿por qué “estuvimos” si fue una sola persona quien atendió el reclamo? Pero con calma no le damos interés y seguimos prestando atención. Lo siguiente a esto es: “Lamentablemente no estamos en condiciones de certificar su problema dado que los datos aún no nos han ingresado al panel de control de la maquina, por lo que, con su permiso, enviaremos su queja para que el departamento administrativo se encargue de solucionarlo”

Ahí es cuando uno comienza a discutir, intentando persuadir al otro de que no eso lo que quiere que le diga sino que simplemente le devuelvan su dinero, su crédito, no le cobren de vuelta lo que ya le cobraron alrededor de tres veces, mientras le ora al cielo o su dios en particular para que en ese preciso momento a la computadora de su interlocutor preferido le entren todas las soluciones necesarias y que esta comunicación no se vaya como vino, con preguntas, sin respuestas. Pero no, con un desconsuelo pocas veces acontecido y que uno trata de disimular se resigna por decir: “Está bien, que quede el reclamo”, sabiendo, obviamente que de nada servirá.

La realidad es que sucede eso. En raras ocasiones las aclaraciones que suelen ser poco efectivas pero también es cierto que dichas personas están puestas por alguien y más allá de la humorada o mal humorada, en varios casos, los teleoperadores poca culpa tienen. Son simples empleados, o bien, grandes empleados que trabajan de “receptoresdeinsultosproblemasyenojos”. Los reales culpables están detrás de los escritorios, en Hawaii o Isla Margarita esperando que estos chicos, por algunos pesos, pongan la cara (o el oído) por los inconvenientes que ellos generan, pero que por sobre todo, como dicen los jefes: “traigan soluciones, no problemas porque para eso se les paga”.

Pablo Ezequiel Mosquera

Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP

España, última campeona del mundo, vino a disputar un amistoso, que en los papeles era un trámite,  con Argentina pero terminó por llevarse una importante goleada en contra y un baile que dejó a los europeos con pocas ganas de volver a pisar estas latitudes. Esta vez el tiki tiki fue de los nuestros “a por ellos”. Olé!

Mis pies sobre el Monumental y mis ojos en Nuñez fueron testigos recordatorios de aquel 7 de septiembre de 2010, día en que la Selección Argentina apabulló a la española (reciente campeona del mundo) con goles de todos los delanteros nacionales. Los dirigidos por Batista dieron una clase de fútbol y precisión en el arco contrario. Muchos podrán hablar de revancha por lo ocurrido en el Mundial, pero la realidad es que el análisis no merece entablarse en dichas cuestiones; así, comienzo por decir que todos los partidos se juegan para ganar y con la premisa de jugar bien al fútbol. Argentina cumplió en los dos aspectos.

Desde que España visitó suelo argentino lo hizo con ganas de ganar el partido pero sabiendo que sería imposible. He aquí la aclaración. La albiceleste no pierde un partido en el Monumental desde el 5 de Septiembre de 1993, sí, hace dicisiete años y dos días (hoy tres) que Argentina no cae como local en dicho estadio. Muchos dicen que las estadísticas no sirven a la hora de plantear un partido; y es en parte cierto, pero que feo debe ser llegar a un cotejo sabiendo que ese equipo no pierde en su cancha desde hace una eternidad y que para colmo de males los once a enfrentar son ni más ni menos que los bicampeones mundiales. Del Bosque lo sabía, por eso prefirió no mandar al campo a todos los titulares.

Respetó la idea. Desde el inicio, España trató de poner en juego su modo de accionar, esa forma que la llevó a la cima en Sudáfrica y eso es totalmente respetable. Su manera de jugar es lírica, linda a la vista y créanme que soy un amante de ello pero la realidad marca que en el estadio mismo, mirando cómo los minutos se desperdician dejando el marcador nulo pero con la posesión del balón en su poder hace que hasta el más paciente se ponga nervioso.

Sin embargo, Argentina no podría jugar a eso; no por los actores en escena porque si de ellos se hablara, claramente, podrían actuar de la misma forma pero la gente no lo permitiría. El argentino es lo contrario a ello, no está acostumbrado a esperar para obtener buenos réditos, no se mueve por ideas sino por modismos y resultados, el argentino no podría dejar la pelota en su propio campo por tres minutos pasando de lateral a lateral, desde los centrales al arquero y así sucesivamente hasta que la pelota llegue a destino de mediocentro. El argentino es más vertical, mal que nos pese, pero menos aburrido para muchos.

España quiso manejar el partido pero se encontró con un equipo en frente que no dejó moverlo y que esperó bien los momentos para luego darle el poder a quien más entiende de este deporte en el mundo actual. Lionel Messi, en los primeros instantes se mostró amigo de la pelota, la tomó como si fuera a estar pisando terreno catalán y así desplegó un tercio de lo que puede dar. Aún así, le dio un exquisito pase de gol a Carlos Tévez, que definió mal sobre la salida de Reina y en la segunda que tuvo, fue un enroque de maniobras, Carlitos para Lío y éste no falló; picó el balón por encima del arquero y a cobrar. Iban 10 minutos. Minutos después sería gol de Higuaín y más tarde de Tévez para así terminar la primera etapa.

Los españoles dicen que fue un partido exhibición, que fue nada más que un amistoso y que lo que importa es el Mundial; muy bien, de acuerdo; ahora el tema es si solamente es relevante el Mundial no miremos más fútbol durante cuatro años, que saquen todos los programas de análisis de fútbol, que no haya más periodistas deportivos, que los jugadores se encarguen de jugar nada más que seis meses antes de la cita mundialista (para llegar medianamente en forma), que no existan árbitros hasta la fecha mencionada, que no se pacten Copas Américas, Euros, Champions, Libertadores, etc.; y la lista podría seguir así durante las próximas siete carillas. No están mal quienes piensas que solo es importante el Mundial pero lástima por ellos porque se pierden de sentir lo lindo del fútbol de todos los días, con amistosos y no tanto. El fútbol es así. En mi barrio dirían que “se juega a cara de perro” cualquier partidito, y como diría un argentino “a nosotros no nos gusta perder ni a la bolita”.

Argentina ayer ganó por eso, porque no sobró el encuentro, porque para esta Selección no es lo mismo ganar que perder y porque los jugadores cuando se ponen la camiseta blanca con bastones celestes tienen necesidad imperiosa de responder al clamor popular que siempre pide jugar con honor y respetar el orgullo futbolero nacional.

La Selección española tomó el partido de esa manera, también quiso jugar el partido y ganarlo pero como anteriormente decían estas líneas, Del Bosque sabía que superar a esta Argentina de capa caída por la eliminación a manos teutonas, que se reencontraría con su gente y con sabor a semifinal de competición oficial sería un plato duro de tragar. Así entendió el cotejo, “¿para qué exhibir a los “de gala”, campeones, en la derrota si para ello puedo mostrar a los “alternativos”?. Que los aficionados hablen de que se perdió con suplentes (aficionados, no medios de comunicación). Total no es por los puntos”. No había chance de que los rojos se lleven una sonrisa, más allá de la de Cristina Fernández.

Argentina ganó bien, jugó un gran primer tiempo y un inteligente segundo. Le sacó la pelota a los españoles que más saben qué hacer con ella, cortó los circuitos de transferencia ofensiva e hizo del juego español una emulación pero con certeza en la verticalidad. Mostró que a la paciencia impuesta con excelencia por España en el Mundial se le puede agregar efectividad goleadora en la cantidad y que con algún ajuste más se puede pensar en un equipo que acompañe a Messi y no a Messi acompañando a un equipo.

Por otra parte, hay que decir que España en el segundo tiempo fue quien propuso más tenencia de la pelota y que sin ir más lejos en el conteo final de ocasiones mereció más que ese buen gol de Llorente. Pero como a ellos le gusta hablar del Mundial, será cosa para los españoles menospreciar el triunfo ajeno y minimizar la derrota local. La realidad es que ayer Argentina medicó con la misma medicina con la que los ibéricos sanan a sus pacientes en cada encuentro.

El honor de campeón debe ser defendido en el campo de juego, no con palabras, a menos que Del Bosque haya entendido de antemano que sería imposible ganarle a la albiceleste bicampeona, con o sin titulares, vestido de linyera o de gala.

Pablo Ezequiel Mosquera

Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP

La rapidez es la agilidad provocadora de estímulos para con la gente. La movilidad intensa no se resiste a la tranquilidad, bajar la velocidad de marcha ni mucho menos al cansancio, cuestión poco entendible para una época “capital”. Y justamente este adjetivo, ahora volcado a un complejo sustantivo femenino, no entiende la jaqueca pero, en este sentido, tampoco merece crítica, es simplemente así y por ello, respetable y admirable en el mundo; tanto así que muchos la llaman la París de América.

Sin embargo, son muchos los que reniegan de transportarse hasta ella cada mañana en pos de cumplir horas en un lugar que no los satisface ni prefieren. Así es la Capital. Dueña de millones, el sitio donde los billetes se mueven con mayor velocidad y valor, seguramente por eso varios elijan despegar sus ilusiones de progreso allí, ilusiones no compartidas por los socialistas pero igualmente adoptadas.

Nuevamente el ciclo se renueva en las personas haciendo que crean, a pesar de las malas circunstancias, en que el futuro está a kilómetros de casa, tomando un tren y llegando a la primera de las estaciones, sí, primera estación sólo porque ese es el primer mundo argentino.

Caminando por la vereda porteña uno se da cuenta de las diferencias entre las personalidades (será por eso que en cada campaña los políticos dicen que ellos salen a caminar las calles). Unos van con paso firme, otros un tanto más lento pero sabiendo que cada uno tiene una perspectiva distinta, que se dirige a un lugar propio. Hay cosas poco entendibles desde el sillón de una casa, pero llegando al conglomerado de gente en la vereda de la calle Pueyrredón, cerca a Once, las realidades cambian. Se nota que aquellos ágiles y rápidos que intentan sobrepasar cual Atreyu junto a su corcel Artax por encima de la multitud sin importar el modo para darse cuenta que delante de sí tienen una persona, que a diferencia de ellos, tiene un paso parecido al de Manuelita de Pehuajó lo que les provoca que la intensidad del movimiento estable hasta el momento se reduzca a cero trayéndoles un fastidio inconmensurable.

No obstante, es rápido y liviano, por consecuente, utiliza su juventud para evadir los obstáculos más eficientemente y llegar así, a la preciada esquina. Cuando está lográndolo se da cuenta que los lentos se empiezan a multiplicar y en ese instante sus recuerdos comienzan a jugarle en contra. La bronca, el murmullo y la desesperación sumada a sus enemigos hacen que su velocidad no sea la misma y el objetivo de llegar primero a la esquina sea más complejo de lo previsto. Sin embargo, lo consigue. Se desprende de ellos y puede pasar por sobre los que entorpecían su camino y eso le devuelve el aire.

Con el panorama más claro, trata de apurarse, y tocar el borde del cordón para cruzar pero en ese momento la luz se pone en rojo y el semáforo le dice “prohibido pasar, porteño” y las tortugas de la mitad de cuadra, lastimosamente, están de vuelta a su lado.

Así es la Capital, con el apuro a flor de piel; llena de desprecio por lo ajeno, repleta de interés por lo propio, con mucho humo y demasiado ruido, rápida, movible y discriminatoria. La Capital no es para todos, la Capital es para pocos. El popular dicho reza: “Dios está en todos lados, pero vive en Capital”. Eso prefiero no entenderlo.

(Escrito arriba del tren, a la vuelta de hacer unas compras en Once)

Pablo Ezequiel Mosquera

Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP

La palabra “código” trazó sin lugar a dudas la gestión de Diego Armando Maradona en la Selección nacional. Primero, fueron los cortocircuitos con Riquelme, después post clasificación, las controversias con la prensa y el famoso “que la chupen”; al mismo tiempo, los dilemas de que si Ruggeri debiera estar o no y más tarde el 0-4 contra Alemania. A todo eso, se le suma el simple hecho de que Grondona nunca despidió formalmente a un DT del seleccionado. Ahora, la forma en que Diego deja AFA, deja entrever que el mandamás Julio es la persona con más astucia e inteligencia de la dirigencia nacional, sin despeinarse pudo contra las adversidades y dejó que la pelota que tenía Maradona hasta ahora se manche de dolor para astro argento.

La corta estadía del “Diez de la gente” al mando de la Selección Nacional de Fútbol dejó algunos tintes de colores llenos y otros no tanto; convocatorias multitudinarias, los locales, los extranjeros, goleada en Bolivia, resultados adversos, mala relación con el periodismo y llegada al Mundial tirando de los pelos. Allí, jugadas preparadas, un Messi furioso pero sin gol; un equipo con hambre pero sin comida y vuelta a casa con paseo alemán. Así y con todo, Maradona nunca dejó de ser él. Sus códigos eran esos y los respetó hasta el último de sus días en Argentina.

No importa cuanto salga, no interesa el precio. Diego Maradona empezó a entablar una serie de cuestionamientos desde el inicio de su era como DT de lo más prestigioso que tiene un país, que es su Selección, y con miras al acontecimiento de mayor importancia a nivel deportivo, un Mundial.

La Selección venía mal, derrota contra el Chile del argentino Bielsa por tres goles; según se dijo, los jugadores no respondían a las indicaciones de Coco Basile. Los “chiquititos”, como los llamaba el por entonces director técnico de Argentina, no hacían lo que venían reproduciendo en sus respectivos equipos europeos y un gran cambio se intuía para próximas fechas. Esas modificaciones son las que no le apetecían a Don Julio, los Messi, Agüero y Tévez debían estar en la Selección vaya a saber uno por qué. Primer paréntesis: Se dice que el dinero que reparten en imagen estos jugadores es el que, entre otras cosas, paga el sueldo de los DTs y llene las infinitas arcas de AFA, pero no lo creemos.

No obstante, el presidente de AFA decidió tomar la renuncia de Coco e ir en busca de quien todos mencionaban pero muchos se sorprendían por su corta experiencia. Entre el eterno nombre de Bianchi, quien volvió a decir que no, apareció Diego Armando Maradona, y quien más merecedor de una chance que él. Así fue, primeras pruebas profesionales (tras los magros intentos en Mandiyú y Racing), traje de entrenador y a la cancha; había mucho que hacer y poco tiempo. Era 4 de noviembre de 2008.

Desde el comienzo Maradona tuvo problemas. Por aquellos códigos que él proclamaba se bajó su, por entonces, 10. Román Riquelme, de quien tiene una foto pegada en su palco en la cancha de Boca, de quien recibiera la casaca en su despedida del fútbol dejaba nuevamente a la Selección Argentina tras entender que el DT fue falto de códigos con él y por qué no, con su querido Coco Basile. Nuevo paréntesis: se habla de una conspiración entre los Messi, Agüero, Heinze y algunos más junto con Maradona para bajar al entrenador que Román no asintió. Pero tampoco lo creemos.

Luego de las derrotas en Ecuador, en Bolivia, en Paraguay, el gol sobre la hora a Palermo a Perú y la clasificación en Uruguay dejaron un equipo lleno de incertidumbres pero con la certeza de que esos planteos podrían ser resueltos solo de una manera: con la Copa del Mundo bajo el brazo; claro, obviaron algunos pasos. Para tenerla primero hay que ganarla, y para ganarla, primero hay vencer a los rivales de turno.

Contra Nigeria se vio el mejor partido de Argentina. Messi jugó un gran partido a pesar de no haber podido meter la pelota adentro del arco y un gol con pelota parada abrió la ilusión. El resultado mandaba y de los códigos nadie se acordaba. Mientras, Riquelme, lesionado (cuál si fuera adivino renunciando a la Selección, dado que si hubiese querido estar tampoco hubiese podido) miraba el Mundial en su casa de Don Torcuato.

Charlas en Pretoria, Verón y Diego mimando al nene Messi para que se sienta parte; capitanía para Leo y victoria con gol histórico de Palermo. Vendrían los surcoreanos; pero otra vez sin ruidos, más allá de los que causan las vuvuzelas en Demichelis que le permitieron que se distraiga (en un Mundial) y así los rivales marquen la distancia, pero al margen, mucho no importaba porque Argentina estaba adentro de cuartos  nuevamente.  ¿Y los códigos? Cero. Estábamos en el Mundial y era puro festejo.

La historia del 2006 se repetía, México volvía a ser el equipo a quien debía enfrentar. Por eso, Maradona y los suyos, (tercer paréntesis: los suyos no significa Bilardo, que no sabemos qué rol cumplía en AFA), planeaban la estrategia más formal para vencer a una Selección que poco a poco va dejando más jugadores en Europa. Primer tiempo con goles pero varios sofocones; segundo con golazo de Carlos Tévez y final con descuento y cola en el área local. Y como la historia es cíclica, también Alemania sería el rival de cuartos, y el resultado sería el mismo. Auf wiedersehen, kommen sie zu haus zurück, en alemán o más argentinizado, Chau, volvéte a casa.

Los códigos mancharon la pelota que Diego supo comandar en el 86 hasta las redes del Campeonato del Mundo; ahí Argentina dibujó su segunda estrella en la camiseta, pero también, esos códigos son los que le dieron el adiós final a un técnico sin trayectoria pero con mucho ímpetu, motivación, hambre y deseos. Maradona no permitió que Julio Grondona le “sugiera” cambiar parte de su cuerpo técnico; Diego, prefiere ser leal a quienes bancaron su proyecto por eso hoy ese proyecto lo ve de afuera.

Está claro que los códigos que pregona el 10 no son los mismos que los del Presidente de la AFA, y que mucho menos tienen que ver con los de Riquelme, y quizás tampoco los de Bilardo. No se enjuician la calidad de ellos, simplemente hay que entender que en el mundo de los códigos, los códigos separan, y teniendo entendido esto, las relaciones entre las personas se hacen más distantes, más aún cuando la persona está por encima de una pelota. Cuarto paréntesis: cada quien marca sus códigos, placeres y diferencias con los demás así lo marca la sociedad actual en contrariedad a la sociedad utópica de Marx, en donde la igualdad es moneda corriente.

Pablo Ezequiel Mosquera

Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP

Diego Maradona sabía que esto podía pasar; entendía que la capacidad de su Selección residía en la performance técnica de sus jugadores. Desde la Eliminatoria, en dónde la albiceleste no encontró el correcto funcionamiento como equipo, a llegar al Mundial. Aquí y con la cita más importante de todas por verse, el cuerpo técnico aspiró siempre a aquello que le daba la esperanza de seguir con vida, la confianza en ellos, sus jugadores. No obstante, se topó con un equipo sumamente ordenado, con una practicidad notable y con la luz necesaria para llegar a una etapa de semifinal.

Cuando era chiquito, cuando apenas tenía cinco años y tras perder la final en Italia ´90 frente a los teutones, mi papá me dijo: “Pablo, puede que Alemania no juegue bien pero Alemania es Alemania, y más en los Mundiales.” Esa frase la recibí yo pero tengo la plena certeza de que Diego también la conocía. Lo malo de todo esto es que al equilibrio conocido, ese rival que nos dejó afuera (una vez más) le agregó juego.

Alemania juega bien. Se plantó desde el comienzo en campo argentino, estableció un muro entre los receptores defensores y los mediocampistas nacionales para que el balón no llegue con posibilidad de creación a los delanteros; en ese marco, planeó y articuló un partido excelente en lo táctico.

Cuando Argentina salía desde el fondo, la pelota no parecía llegar con fuerza a los volantes creativos (no pregunten cuáles eran); con las bandas tapadas por los mismos atacantes  y medios alemanes, Heinze y Di María, por un lado y Otamendi y Maxi Rodriguez, por el otro no pudieron surcar haciendo que la zona mixta se transforme en el lugar de explosión para ambas selecciones. Ese juego quería Alemania. En ese combate, Mascherano solo no pudo y Bastian Schweinsteiger manejó el partido a gusto y piacere para hacer del fútbol una simpleza en lo colectivo.

Cuando Diego pisó suelo africano puso todas sus esperanzas en conformar un grupo que tenga a Messi como el mimado, y  hacer de él, su Maradona idem al ´86, pero lo concreto es que no lo es, ni lo será.

El argentino se quedó en el recuerdo, el argentino vive de él y lo peor de todo es que no puede separarse de los momentos de felicidad para entender la crisis. Está claro, que no es sólo de ahora y porque la Selección (a la cuál le teníamos muchas esperanzas) se quedó afuera del Mundial le debemos pegar o hacernos eco de los grandes medios, sino que lo cierto radica en que tras las derrotas, las cosas malas resaltan. De esta manera y con los pensamientos bien acomodados, la situación de que Argentina no pase a semifinales desde el año 1990 no es culpa ni de Maradona, ni de Messi; y si lo que usted quiere, lector, es que en estas líneas aparezca el culpable, se equivoca de blog. La culpa es de todos y ninguno.

Como la vida tiene vaivenes, el fútbol también. Si se pretende vivir en la mentira es una elección, pero no es lo aconsejable. Este plantel, por nombres, daba para cosas importantes pero ¿este equipo? Ahí radica el serio problema de época. Desde la salida de Maradona del estadio Azteca, hace ya 24 años, el argentino intenta encontrar el mismo jugador que se ponga la diez y rinda de la misma, o mejor, forma que lo hizo el propio y Diego, cuestión imposible de repetir. La frase está trillada, “Maradona hay uno sólo”, de acuerdo, esa misma frase corresponde para Diego también; Diego Maradona rindió de manera notable en el ´86; pero no fue el mismo en ´82,  ni en el ´90, y mucho menos en el ´94, entonces ¿Qué esperamos que sea Messi? ¿Por qué le pedimos que sea igual a un jugador que rindió como ninguno en un solo Mundial? (comprendiendo que en el ´90 su posición era distinta, que jugó lesionado y bla bla bla; y que en el ´94 “le cortaron las piernas”)

Lejos de ser los mejores, lejos de entender el fútbol, y mal que nos pese, el argentino vive en un momento distinto al del fanático extranjero. Así lo demostró Alemania, que con menos apellido, supo razonar el fútbol de hoy en el que un jugador no puede contra once y que once si pueden contra diez voluntades que tratan de darle la responsabilidad a uno. Lastimosamente, al argentino le encanta el fútbol que fue, lastimosamente al argentino le gusta vivir en el ´86 y malamente la ilusión de saber que tengo al mejor jugador del mundo y que ese puede ser igual al gran Diego nos perjudicó.

El fútbol de hoy es otra cosa, no se gana con un jugador o por lo menos, no a las potencias mundiales. Alemania, dado que no tenía un crack como Messi lo entendió y por eso trató de encaminar su análisis en lo colectivo; nosotros todavía esperamos que uno lo haga todo (bueno, uno, dos o los tres de arriba); sin embargo, la realidad nos da otro revés, uno de Mohamed Alí, ojalá esto nos sirva para comprender la actualidad, y que no nos pase como a Alemania que, a fuerzas de no tener al mejor, planificó un camino grupal; nosotros lo tenemos, cuestión que supone algún tipo de ventaja sobre el resto, pero los jugadores que lo rodean son tan imprescindibles como aquel que tiene el mayor talento.

Las coincidencias se dieron pero el final no fue el mismo. Italia campeón en el ´82 después de 24 años, cuatro años más tarde Argentina levanta la Copa; Italia campeón en 2006 después de 24 años, Argentina en 2010 debía levantar la Copa; Argentina clasificó a Sudáfrica de manera muy complicada, al igual que en 1986. Se le ganó a Perú con un gol sobre el final y con lluvia (Gareca en 86 y Palermo ahora). En el campeonato argentino previo a las dos copas del mundo descendieron Rosario Central y Chacarita; y hasta al pobre Oscar metieron en el medio: En ambos años mundialistas, una película argentina ganó el galardón. “La historia oficial” y “El secreto de sus ojos”; En las dos, con Pablo Rago. Esto da cuenta de que las cuestiones extras no sirven; aunque pensándolo bien, hay un coincidencia que se dio. Nunca un jugador ganador del balón de oro en el año previo al Mundial luego en el torneo fue campeón con su selección.

A la Selección le faltó el manual, pero estaríamos muy equivocados si se lo pidiéramos al DT, que desde el primer momento se encargó de tirarlo. El es así, y así llegó a ser campeón del mundo, esquivando tácticas y letras, maniobrando ante técnicos y estrategias. Sabíamos que las líneas del libro en donde buscar ayuda estaban borradas, y que el golpe por golpe, la fantasía de los nuestros era nuestro arma mortal, si ellos nos hacían tres, nosotros apuntábamos a cuatro. En ese marco, falló el plan. Pero la idea no es hacer la argentinada de buscar un culpable, sino que se debe trabajar para que no vuelva a suceder y saber que el leer trae sus beneficios.

De adentro
Créanme que, particularmente, me sentí desilusionado y triste, con pocas explicaciones de lo que pasaba en el campo de juego el sábado. Ese sentimiento me hizo esperar unos días para poder redactar sin plasmar dolor. Sé que está mal, que el periodista debe saber distanciar el trabajo de lo pasional, pero que Argentina haya quedado afuera una vez más hizo que la balanza se vuelva a caer para el lado del corazón. Tengo que seguir aprendiendo de los errores como la Selección, teniendo la plena certeza de que siempre se puede mejorar. Igual, todavía se siente.

Pablo Ezequiel Mosquera

Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP